martes, 6 de octubre de 2009

He decidido que...

voy a quitarle a S el CD "Emperor Tomato Ketchup" que yo misma le regalé hace tiempo y que creo que mucho caso no le hace... aunque creo que eso de quitarle algo a quien vive contigo, no tiene demasiado sentido... mierda


lunes, 5 de octubre de 2009

¿Hay alguien ahí?

Jamás se me ocurriría preguntar eso si, estando sola en casa, en una noche de lluvia, después de que repentinamente se hubiera ido la luz, oyera ruidos en casa.

domingo, 4 de octubre de 2009

El teorema del loro

Ése es el título del libro que estoy leyendo. Lleva el siguiente subtítulo: Novela para aprender matemáticas.

Ciertamente es una novela. Una novela no muy rica, literariamente hablando, pero al menos, el autor (Denis Guedj, matemático de profesión) lo intenta. Llevo leída la mitad, bueno, algo menos, pero como ya digo, quitando la parte en la que habla de las matemáticas, es decir, el fondo de la cuestión, el hilo argumental es bastante tostón. Resumiendo alegremente, el protagonista es un librero octogenario y parisino que tiene que resolver la muerte enigmática (me encanta esta palabra típica de sinopsis) de un amigo de la adolescencia a la vez que va contando la historia de las matemáticas a los hijos de la señorita que trabaja en su librería y todo con la ayuda de un loro parlanchín. Esto es lo curioso, que va asociando las matemáticas a su historia, su contexto y sus personajes y relata de forma anecdótica la colaboración de nombres tan familiares como Tales, Pitágoras o Euclides.

Por ejemplo, extraigo el fragmento siguiente, que me gustó leer:

"Al cabo de algunos días de viaje, sólo interrumpido por paradas en las ciudades y pueblos que bordean el Nilo, Tales la vio. ¡La pirámide de Keops! Se alzaba en medio de una amplia elevación del terreno, no muy lejos de la orilla del río. Las otras dos pirámides, la de Kefrén y Micerinos, estaban cerca y parecían pequeñas en comparación. Aunque ya se lo habían advertido los otros viajeros durante el trayecto, las dimensiones del monumento sobrepasaban todo lo que Tales podía imaginar. Bajó de la faluca. Anduvo hacia ella aminorando su velocidad a medida que se acercaba, como si la proximidad de la masa del monumento tuviera la propiedad de acortar sus pasos. Se sentó, agotado. Un campesino egipcio, un fellah de edad indefinida, se puso en cuclicllas a su lado.

- Extranjero, ¿sabes cuántos muertos ha costado esta pirámide que tanto admiras?
- Miles, sin duda - respondió Tales.
- Di mejor decenas de miles.
- ¡Decenas de miles!
- Centenares de miles es más aproximado. Posiblemente nos quedamos cortos - añadió el fellah - y ¿para qué tantos muertos? ¿para abrir un canal? ¿contener el río? ¿tender un puente? ¿construir una carretera? Rotundamente no. Esta pirámide la mandó hacer el faraón Keops con el único fin de obligar a los humanos a convencerse de su pequeñez. La construcción tenía que sobrepasar todos los límites para aplastarnos: cuanto más gigantesca fuera ella, más minúsculos seríamos nosotros. Consiguió su propósito. Me he fijado en ti cuando te acercabas y he visto dibujarse en tu cara los efectos de esta magnitud. El faraón y sus arquitectos quisieron obligarnos a admitir que, entre la pirámide y nosotros, no hay ninguna medida común.

[...] Cualesquiera que fueran los fines del faraón una cosa saltaba a la vista: la altura de la pirámide era imposible de calcular. Tales decidió aceptar el reto.

Cuando el sol apuntaba por el horizonte, Tales se levantó y observó su propia sombra proyectarse en dirección oeste; pensó que, cualquiera que sea el tamaño de un objeto, siempre existirá una iluminación que lo haga parecer grande. Durante un buen rato permaneció de pie, inmóvil, con los ojos fijos en la sombra que proyectaba su cuerpo en el suelo. La vio disminuir a medida que el sol se iba elevando en el cielo.

[...] El sol no hace distinción entre las cosas del mundo, y las trata a todas del mismo modo, aunque su nombre sea Helios en Grecia o Ra en Egipto. A ese modo de tratar a todos por igual, si atañe a los hombres, en Grecia se le llamará más tarde democracia.

Si el sol trata de modo semejante al hombre, minúsculo, y a la pirámide, gigantesca, se establece la posibilidad de medida común. Tales se aferró a esa idea: "La relación que yo establezco con mi sombra es la misma que la pirámide establece con la suya." De ahí dedujo: "En el mismo instante en que mi sombra sea igual que mi estatura, la sombra de la pirámide será igual a su altura." Hete aquí la solución que buscaba. No faltaba sino ponerla en práctica.

Al día siguiente, al alba, el fellah fue hacia el monumento y se sentó bajo su sombra inmensa. Tales dibujó en la arena un círculo con un radio igual que su propia estatura, se situó en el centro y se puso de pie bien derecho. Luego fijó los ojos en el borde extremo de su sombra.

Cuando la sombra tocó la circunferencia, es decir, cuando la longitud de la sombra fue igual a su estatura, dio un grito convenido. El fellah, atento, plantó un palo inmediatamente en el lugar donde estaba el extremo de la sombra de la pirámido. Tales corrió hacia el palo.

Sin intercambiar una sola palabra, con la ayuda de una cuerda bien tensa, midieron la distancia que separaba el palo de la base de la pirámide y supieron la altura de la pirámide.

Bajo sus pies, la arena se levantaba; el viento del sur estaba empezando a soplar. El jonio y el egipcio se dirigieron hacia la orilla del Nilo, donde acababa de atracar una faluca. El fellah permaneció sonriente en la orilla mientras la embarcación se alejaba por el río."

Luego se explica que Tales consiguió medir la altura de la pirámide en el momento en que la proyección en el suelo de los rayos del sol eran exactamente perpendiculares al lado de la base, lo que implica que la parte oculta era igual a la mitad del lado. Así, la altura de la pirámide era igual a la longitud de la sombra más la mitad de un lado. Más o menos, lo que intento describir con el dibujito que acabo de improvisar:
" La pirámide de Keops está en Gizeh, a 30º de latitud en el hemisferio norte. Para que la sombra sea igual que el objeto que la produce, los rayos tienen que tener una inclinación de 45º. En Gizeh, en verano y al mediodía, los rayos del sol son casi verticales y por lo tanto casi no habrá sombra durante todo un periodo del año. Y para que la sombra sea perpendicular a la base, ésta debe tener orientación norte-sur. En definitiva: sólo dos días al año se cumplen todas las condiciones mencionadas. Los astrónomos afirman que Tales únicamente pudo efectuar su medición el 21 de noviembre o el 20 de enero.

[...] Al no tener una unidad de medida, utilizó el tales, es decir, su propia estatura. Midió la sombra con la cuerda: medía 18 tales; luego midió el lado de la base, dividió por dos y le dio 67 tales. Sumó y anotó el resultado. La pirámide de Keops de mide 85 tales. El tales equivalía a 3,23 codos egipcios, es decir, 276,25 codos en total. Hoy sabemos que la altura de la pirámide es de 280 codos, o sea, 147 metros."

¿Es una historia bonita o no? Historias así, más o menos extensas, hay por todo el libro. El libro no trata de enseñarnos cuál es el teorema de Tales, aunque también lo hace, se trata de descubrirnos cómo se llegó a él. Si Tales no podía medir la altura de la pirámide, se las ingenió para calcular la vertical a partir de la horizontal.

No conocía esta historia pero espero que no se me olvide.

Me siento a escribir porque...

1) No me apetece leer
2) No me apetece ver la tele y, en caso de apetecerme,
3) No podría ver la tele porque S está jugando a la consola y de momento no hemos pensado en aumentar el núcleo familiar de televisores
4) No me apetece echar una siestecilla (esto es raro un domingo)
5) Es una buena opción cuando por fin tenemos internet en casa ¡bien!
6) No puedo ir a dar un paseo con la tripa llena

Peeeeero, hay un problema, me falta la inspiración. Como muchas cosas, un quiero y no puedo.


¡Música, inspírame!



No, creo que no me inspira nada. Aparte de contar brevemene el hecho curioso vivido hace unas dos horas, cuando tomando el café con mis padres, ha dicho mi madre de golpe (tan de golpe, que de la sorpresa y la risa podría habérseme ido por el otro lado el café, si es que hubiera estado pegando un sorbo en aquel momento): "Me han recomendado que vayamos a ver al cine la película "Malditos bastardos", ¿qué os parece?" Previo golpe disimulado a S en la pierna para que no soltara una de las suyas y, eso sí, con algo de sorna, les (a ella y a mi padre) he indicado con delicadeza que quizá no era la película más apropiada para ver, especialmente para mi madre. Mi madre, de naturaleza curiosa, se ha inquietado un poco y ha soltado un escueto "Ay y, ¿por qué?" y yo "Bueno, no sé, porque no te imagino viendo una película de Tarantino. Creo que vistéis "Kill Bill" y no te hizo mucha gracia. Son películas... cómo decirlo... violentas. Aunque claro, en ésta sale Brad Pitt, así que, igual te la han recomendado por eso." Mi padre, acertadamente y de forma irrefutable, ha zanjado la cuestión: "Bah, pero a Brad Pitt lo puedes ver todos los días en la tele". Así que, acabarán yendo a verla, seguro. Y, para rematar, antes que yo.

Y, aparte de eso, no se me ocurre qué contar, así que, hablaré sobre el libro que estoy leyendo. En la siguiente entrada mejor, que si no las entradas son muy largas y no quiero desanimar al lector. Hablo en el singular que quiere decir "muchos, muuuchos lectores", claro.

viernes, 2 de octubre de 2009

Música para amansar a las fierecillas



Mi padre es terco

Y yo también. ¿Genética? Ummm, puede ser... Él además es muy hermético, irritantemente callado en ocasiones pero los que le conocemos, sabemos interpretar perfectamente cada uno de sus silencios y cada una de sus miradas. A veces me parece que tiene ojillos de niño.

Hoy voy a contar una historia no muy lejana en el tiempo sobre mi padre y no seré breve, aviso.

Junio de 2008. Mi madre está preocupada porque mi padre se levanta todas las noches a dormir al sofá, dice que le cuesta respirar y que es por el calor. Comienzo a darle el coñazo a mi padre y le pregunto varias veces al día que qué tal está pero su respuesta es siempre la misma, "Bien, bien...". Sin embargo, cada día le veo más delgado y sus ojeras empiezan a parecer auténticas ojeras de oso panda. Hablo con mis hermanos y ellos me dicen más de lo mismo, no saben nada. Mi hermano pequeño bromea sin darle importancia: "El domingo pasado llegué a casa a las 7 de la mañana a casa y, ¡sabes qué susto me llevé cuando al entrar por la puerta me lo encuentro ahí sentado en el sofá?". Procuro que mi madre me mantenga informada sobre el tema y me comenta que pese a que le ha dicho varias veces a mi padre que vaya al médico o a urgencias o a lo que sea, él se encierra en que no hace falta, que ya mejorará.

Pasan los días y finalmente, un día van a urgencias. Tras numerosas pruebas, le diagnostican una cardiopatía diabética, tiene dos válculas del corazón, la mitral y la aórtica (las dos más importantes) hechas papilla y están a punto del colapso, así que, hace falta operar y sustituirlas por otras mecánicas.

Mi hermano mayor y yo, cada uno por su lado, buscamos información en internet. Queremos saber por qué le ha pasado esto, de qué va la intervención y .... ahí nos acojonamos (con perdón). Básicamente, trata de: 1) abrir 2) sacar el corazón 3) abrir el corazón 4) sacar las válvulas malas y colocar las nuevas 5) devolver el corazón a su sitio (esta es la parte más difícil) 6) cerrar y 7) esperar.

Todos estamos asustados. Yo empiezo a pensar que quizá mi padre pueda morir. Esto me pilla totalmente de imprevisto, nunca lo había pensado de forma tan súbita pero ahora hay verdaderas posibilidades de que ocurra. Pienso en los múltiples momentos futuros en los que no pueda estar y eso me deprime, desde que falte en Navidad, hasta que no conozca a sus nietos.

Va pasando el verano y el calor no ayuda a los nervios y a su estado. Mi padre, que mide 1'80 m más o menos y antes de todo aquello pesaba 70 y pico kg, se queda en 55 kg en apenas dos meses. Le veo caminar y es como una clase de anatomía; la clavícula ... las costillas de una en una ... y, ¿ese hueso de ahí? Debajo de sus vaqueros parece no haber piernas, son como unos pantalones colgados de una percha. De vez en cuando, buscando la broma y su risa, le recuerdo: "Papá, me acompleja mucho que peses menos que yo" y lógicamente, a él le hace gracia. Pero es momentáneo.

Hablar, no hablamos del tema, al menos no delante de él. Él es el primero que no habla de lo que tiene y no hay forma de establecer una conversación de más de 5 segundos sobre ello.

En agosto le operan, es curioso pero no recuerdo el día, diría que fue el 6 de agosto pero no estoy segura. El día de antes de la operación estoy sentada en su cama del hospital, junto a él, como todas los ratos que paso con él, y necesito preguntárselo: "¿Tienes miedo?" "¿Miedo a qué? No va a pasarme nada, estas operaciones las hacen los médicos todos los días y yo no voy a ser especial..." Sonrío pero tengo ganas de llorar. Mi madre nos mira con los ojos llorosos, brillantes. Me reprimo y seguimos leyendo el periódico y comentando trivialidades. Sé que tiene miedo aunque diga que no. Me fijo en que no ha leído nada del libro que le llevé una semana antes, cuando le ingresaron. Está tan mal que no puede leer y eso es un síntoma de que tiene miedo.

La operación es larga. Yo sí puedo leer y lo hago, leo. Necesito hacer algo para no pensar mirando al suelo. Así que leo hasta que me duele el cuello. Mi madre tiene una sonrisa nerviosa en la cara que no puede borrar. Se levanta cada vez que pasa un médico. Los nervios.

Cuando nos llama el cirujano y entramos en una sala diminuta para contarnos cómo ha ido todo yo tengo que quedarme de pie. Sólo hay dos sillas y estamos cinco: mi madre, mis dos hermanos, S y yo. Siento que me mareo y no sé qué hacer con el libro, me pesa. Pero todo ha ido bien. Bueno, no del todo, temen por sus riñones, ha habido alguna complicación que yo no llego a entender pero eso es cuestión de tiempo, de que el corazón se recupere. La operación ha ido bien.

Necesito ver a mi padre. Llegamos a la UCI y podemos verle a través de un cristal. Es entonces cuando me derrumbo, cuando veo el perfil de esa nariz que dice S también es mía y cuando sin girar la cabeza, nos mira de reojo. Lloro y río a la vez. No puedo parar de llorar. Golpeamos en el cristal para que sepa que estamos allí y quizá entreveo una ligera mueca que pueda ser una sonrisa.

Por la tarde, por fin podemos entrar y estar con él. Se ha recuperado de la anestesia y debido a la emoción, mi padre no puede dejar de hablar. Estamos sorprendidos y a la vez preocupados de que hable tanto. Nos pregunta cuánto tiempo han tenido su corazón fuera del cuerpo. Algo más de dos horas. "¿Sólo? Bueno, la verdad es que no está mal..." Necesita contarnos su no-recuerdo de la operación. Sus sensaciones al ir despertando. Pero no le dejamos, mi madre y yo no paramos de besarle y acariciarle por entre los tubos. Ése es uno de los mejores momentos de mi vida.

A partir de ahí, no voy a entrar en detalles en los 7 días que estuvo en la UCI, cuando deberían haber sido 3 y la angustia de aquellos días y de la recuperación. Simplemente me remontaré a una anécdota posterior.

Bastante tiempo después de la operación vuelvo a preguntarle a mi padre: "Papá, ¿de verdad que no tenías miedo?" Le pilla descolocado la pregunta: "¿Cuándo?" "Antes de la operación". Me mira y me dice lo siguiente:

"No sé si te fijaste pero desde la ventana de la habitación del hospital se veían las chimeneas de nuestra casa. Pasaba largos ratos mirándolas y lo único que pensaba al verlas era: '¿volveré de nuevo a casa...?"

Con eso lo dijo todo.

Una semana sin escribir... ¡seré vaga!


Ay cabecica reducida.....